
Año
2024
Había vagado por lo que parecía una eternidad, sin saber si estaba buscando algo tangible o persiguiendo un susurro de su interior. Sin embargo, sus pasos la llevaron, inevitablemente, a un lugar por el que siempre se había sentido atraída — no por mapas ni por señales, sino por una atracción silenciosa que vivía en su propio ser.
Ante ella se alzaba una mansión abandonada, con sus paredes desgastadas por el tiempo, sus ventanas como ojos ciegos que aún recordaban todo lo que alguna vez habían visto. No se resistió a su presencia. Al contrario, la acogió con un pesado silencio, un silencio que cargaba un significado — como si la casa misma entendiera por qué había venido, como si hubiera estado esperando.
Subió, paso a paso, hasta llegar a la cámara más alta. Allí, más allá de las sombras, se encontraba el Guardián. No era un extraño, no era una amenaza, sino una figura entretejida en su historia mucho antes de lo que ella pudiera recordar. Su deber no era proteger tesoros de oro ni reliquias de piedra, sino algo mucho más frágil: la esencia de la memoria, las verdades que el tiempo no puede borrar.
Su encuentro no fue una reunión de dos, sino una convergencia — un reconocimiento más antiguo que las palabras. No fue necesaria ninguna conversación, pues lo que pasó entre ellos estaba más allá del lenguaje. En su mirada, ella vio el reflejo de todo lo que había olvidado, y en ese instante, la claridad se vertió en ella como la luz a través de un cristal roto.
Y a medida que su pasado regresaba a ella, mientras la memoria y el ser finalmente se alineaban, algo en su interior despertó. De sus hombros se desplegaron unas alas — no meros símbolos de escape, sino de transformación. Eran la prueba de que no había estado perdida en absoluto, sino en el camino que siempre estuvo destinada a recorrer.









